viernes, junio 29, 2007

Notas sobre la Peste


(...) para decir simplemente algo que se parende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio. Albert Camus, La Peste.

Tres días de infección viral, a la garganta. La palabra hablada, la cual suele ser mi herramienta de trabajo, ha estado ausente. Como presente, la fiebre acantonada en cuarenta grados y que anoche tuvo a bien quitarme el último paño. No me disgusta el silencio. No aún.

Por aquellas razones de estar atado en cama pude terminar de leer, con toda la dulzura de mis ganglios inflamados, un libro de siempre fui dejando para otro momento: La Peste de Camus. Quien no lo haya leído y esperase alguna sugerencia momentánea de mí ya adivina qué le diría. Un retrato atemporal, para todas las sociedades, para la nuestra. Un mundo de pestíferos, de un mal que no se sabe de dónde viene ni porqué ataca la apacible tranquilidad del buen burgués que antaño no había de preocuparse por sus semejantes. Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible estar con las plagas, confiesa Tarrou al médico Rieux.


Quizá, como dice Sloterdijk, el último cínico fuese Cioran , quien llevara una vida monástica o cuasi-monástica, acorde con el ideario del cínico griego: el desapego, el bastarse a sí mismo -como el can- mediante una disciplina no exenta de los rigores a los que se imponían los de la mente y los de la carne. Ello como condición de felicidad.

El cinismo actual, poco tiene que ver con aquel ideario, como dice el mismo Sloterdijk, el cínico (el alemán distingue dos palabras [Kynismus y Zynismus] para referirse al cínico actual y al clásico), es aquél que sabiendo que su actitud es contraria a la verdad utiliza la coartada, la máscara... la desvergüenza clásica es trocada por la desfachatez que no busca la verdad sino el enturbiamiento de la misma. El cínico actual es poseedor de una "falsa conciencia ilustrada", de allí lo que debería movernos a repulsa.

Desde aquí se perfila fácilmente el sentido de la desvergüenza. Desde que la filosofía ya sólo es capaz de vivir hipócritamente lo que dice, le toca a la desvergüenza por contrapeso decir lo que se vive. En una cultura en la que el endurecimiento hace de la mentira una forma de vida, el proceso de la verdad depende de si se encuentran gentes que sean bastante agresivas y frescas ("desvergonzadas") para decir la verdad. Los poderosos abandonan su propia conciencia ante los locos, los payasos, los cínicos; por eso deja la anécdota decir a Alejandro Magno que querría ser Diógenes, si no fuera Alejandro. Si no fuera el loco de su propia ambición, tendría que hacer de loco para decir a la gente la verdad sobre sí mismo. (Y cuando los poderosos comienzan por su lado a pensar cínicamente -como saben la verdad sobre sí mismos y, sin embargo, "siguen adelante"- entonces realizan al completo la moderna definición del cinismo.) (P. Sloterdijk, Crítica de la razón cínica)



Por eso, ante los temas actuales, ante los debates urgentes, ante la peste de la estulticia y el avance de la insignificancia (como diría Castoriadis) que nos roe día a día ¿qué hacemos? Gozarlo, gozar lo banal, la nota fácil, la noticia chicha, la modelito estúpida, el ganar un partido de fútbol. En un país sin planes de educación, en un mundo despojado de valores realmente libertarios, frente a las condiciones donde mueren, cada día, miles por efecto en cadena, sí, de nuestra propia indiferencia: a pensar y a actuar.

Y que a casi nadie parece ya importarle.

Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa. (Albert Camus, La Peste)

4 comentarios:

Margot dijo...

Ummm hablas de dos de mis libros preferidos y al menos el de Camus debería releer, ya ha llovido desde su lectura...

Y sí, demasiadas ratas y enterradores y demasiadas mentiras encubriendo todo. Por no hablar de todos aquellos que sin practicarla la consienten...

Veo que la fiebre os sienta bien, señor... pero me alegro de que te hayas recuperado. Besote en cataplasma de menta!

Eva Luna dijo...

Todo mi comentario se borró!!!
Bueno, no escribo a propósito de Camus y el cínico clásico ni el cínico actual. Escribo para saludarte y para decirte ke estoy reconsiderando lo del vino porke he sentido un remesón en la cabeza de sólo imaginarle recorriendo mi paladar y pasando por mi garganta (auch!) No, Ernesto, no estoy preparada para una reconciliación!!! Mejor un licor de café ke me remonte a épocas más dulces y románticas cuando tu hermano me bebía del cuello y yo le bebía del alma. Bloody shitty!

Un beso +]

Nanny Lidia dijo...

Te traigo un te calentito con mucha miel para tu pobre gargantita aunque por estos lados te darian un rico helado, para la otra peste no se que darte.
Espero mejores prontito. besos de eucaliptus.

cronopio44 dijo...

Tú lo has dicho: poco más se puede añadir. En el universo de los cínicos y los banalizados, sólo nos queda, como sugiere Margot, releer La peste, y tantos otros libros maravillosos y reveladores... ¿La Isla del Tesoro, quizás? Un abrazo