miércoles, febrero 28, 2007

El genio de la multitud


Cuando toca enfrentar la locura, amarillenta, escupida de las fotos torcidas por el viento.
Cuando toca tomarle el pulso a la botella, esperando algunos vellos sobre el caparazón... es allí que arranco trozos de farol a las calles y voy conociendo una entrada en mi frente. Un sombrero de fieltro y la libre de marzo en coma.

Sofocleto decía: "es tonto dejar que la juventud se vaya, hay que irse con ella"



The Genius of the Crowd (Charles Bukowski) Traducción, al final.

there is enough treachery, hatred violence absurdity in the average

human being to supply any given army on any given day

and the best at murder are those who preach against it

and the best at hate are those who preach love

and the best at war finally are those who preach peace



those who preach god, need god

those who preach peace do not have peace

those who preach peace do not have love



beware the preachers

beware the knowers

beware those who are always reading books

beware those who either detest poverty

or are proud of it

beware those quick to praise

for they need praise in return

beware those who are quick to censor

they are afraid of what they do not know

beware those who seek constant crowds for

they are nothing alone

beware the average man the average woman

beware their love, their love is average

seeks average



but there is genius in their hatred

there is enough genius in their hatred to kill you

to kill anybody

not wanting solitude

not understanding solitude

they will attempt to destroy anything

that differs from their own

not being able to create art

they will not understand art

they will consider their failure as creators

only as a failure of the world

not being able to love fully

they will believe your love incomplete

and then they will hate you

and their hatred will be perfect



like a shining diamond

like a knife

like a mountain

like a tiger

like hemlock



their finest art

(EL GENIO DE LA MULTITUD

Hay suficiente traición y odio,
violencia.
Necedad en el ser humano
corriente
como para abastecer cualquier ejercito o cualquier jornada.
Y los mejores asesinos son aquellos
que predican en su contra.
Y los que mejor odian son aquellos
que predican amor.
Y los que mejor luchan en la guerra
son -al final- aquellos que
predican
paz.
Aquellos que hablan de Dios.
Necesitan a Dios
Aquellos que predican paz
No tienen paz.
Aquellos que predican amor
No tienen amor.
Cuidado con los predicadores
cuidado con los que saben.
Cuidado con
Aquellos que
Están siempre
Leyendo
Libros.
Cuidado con aquellos que detestan
la pobreza o están orgullosos de ella.
Cuidado con aquellos de alabanza rápida
pues necesitan que se les alabe a cambio.
Cuidado con aquellos que censuran con rapidez:
tienen miedo de lo que
no conocen.
Cuidado con aquellos que buscan constantes
multitudes; no son nada
solos.
Cuidado con
El hombre corriente
Con la mujer corriente
Cuidado con su amor.
Su amor es corriente, busca
lo corriente.
Pero es un genio al odiar
es lo suficientemente genial
al odiar como para matarte, como para matar
a cualquiera.
Al no querer la soledad
al no entender la soledad
intentarán destruir
cualquier cosa
que difiera
de lo suyo.
Al no ser capaces
de crear arte
no entenderán
el arte.
Considerarán su fracaso
como creadores
sólo como un fracaso
del mundo.
Al no ser capaces de amar plenamente
creerán que tu amor es
incompleto
y entonces te
odiarán.
Y su odio será perfecto
como un diamante resplandeciente
como una navaja
como una montaña
como un tigre
como cicuta
Su mejor
ARTE.)

lunes, febrero 26, 2007

El Dr. Lecter responde o te come: Caso V


Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo.
Oscar Wilde.

Una semana más se abre este espacio, bajo el sino del Útero, luego de días donde se han visto desfilar cadáveres y más...
Sus preguntas, como siempre, son bienvenidas.

martes, febrero 20, 2007

Un afiche de Larralde para decir adiós

Llegado el momento...
ya sin sapos mordiendo claveles.
A la hora de las últimas firmas
el último escombro de tierra
y de arena
y asfalto
asfalto
asfalto

lunes, febrero 19, 2007

El Dr. Lecter responde o te come: Caso IV


ETERNIDAD
Quien a sí encadenare una alegría
malogrará la vida alada.
Pero quien la alegría besare en su aleteo
vive en el alba de la eternidad.
William Blake

Bajo los sinos del Útero, una vez más, la consulta abre sus puertas. Luego de una semana de cadáveres, es bueno cotejar una buena receta...
Sean bienvenidos.

viernes, febrero 16, 2007

De los bálsamos del tiempo...

LA CANCIÓN DE AMOR DE J. ALFRED PRUFROCK

Si yo creyera que mi respuesta fuera
a una persona que alguna vez podría retornar al mundo,
esta llama, sin más, quieta estuviera;
pero ya que jamás desde este fondo
escapa un ser humano, sí escuché verdad,
sin temor a la infamia te respondo.


Infierno, XXVII


Vamos entonces, tú y yo,
cuando la tarde se haya tendido contra el cielo
como un paciente eterizado sobre una mesa;
vayamos, entonces, por calles casi desiertas,
murmurantes retrocesos
de noches inquietas en hoteles baratos y de una noche
y empolvadas fondas con conchas de ostras;
calles que se prolongan como un argumento aburrido
de intención tediosa
que te llevan a una pregunta abrumadora...
Oh, no preguntes "¿Qué es?"
Vayamos a hacer nuestra visita.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que lava su espalda en el cristal de las vidrieras,
el humo amarillo que lava su hocico en el cristal de las vidrieras
pasó su lengua por el interior de las esquinas de la tarde,
se quedó suspenso largo tiempo sobre los charcos de las cunetas,
dejó caer sobre su espalda el tizne que cae de las chimeneas,
se deslizó por la terraza, dio un salto súbito,
y, viendo que era una noche suave de octubre,
se enroscó una vez a la casa y se quedó dormido.

Y, en verdad, habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza a lo largo de la calle,
frotando su espalda sobre el cristal de las vidrieras;
habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar un rostro que acepte los rostros que encuentres,
habrá tiempo para matar, habrá tiempo para crear
y tiempo para todas las labores y los días hábiles
que levanten y dejen caer una pregunta en tu plato;
habrá tiempo para ti y habrá tiempo para mí,
y habrá tiempo incluso para cien indecisiones,
y habrá tiempo para cien visiones y revisiones
antes de que tomemos una tostada y té.

En la habitación, las mujeres vienen y van
hablando de Miguel Ángel.

Y en verdad habrá tiempo
para preguntarse "¿Me atrevo?" y, "¿Me atrevo?"
Habrá tiempo para volverse atrás y bajar la escalera
con un lugar calvo en mitad de mi pelo.
(Dirán: "¡Qué ralo se le está poniendo el pelo!")
Mi traje matinal, mi cuello que sube firmemente al mentón,
mi corbata, rica y modesta pero asegurada por un simple alfiler.
(Dirán: "Pero, ¡qué delgados son sus brazos y sus piernas!")
¿Me atrevo
a perturbar el universo?
En un minuto hay tiempo
para decisiones y revisiones que un minuto revocarán.

Porque ya las he conocido a todas, a todas ellas:
he conocido las noches, las mañanas, las tardes,
he medido mi vida con cucharillas de café;
conozco las voces que mueren poco a poco
bajo la música llegada de un cuarto distante.
Entonces, ¿cómo podría yo atreverme?

Y he conocido ya los ojos, todos ellos:
los ojos que nos fijan en una frase formulada,
y cuando esté yo formulado, debatiéndome en un alfiler,
cuando yo esté clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo podría entonces empezar
a escupir todas las colillas de mis días y de mis costumbres?
¿Y cómo podría atreverme?

Y he conocido ya los brazos, todos ellos:
brazos con brazaletes y blancos y desnudos.
(¡Pero bajo la lámpara poblado de claros vellos castaños!)
¿Es acaso el perfume de un vestido
lo que así me hace divagar?
Brazos que reposan sobre una mesa o se envuelven en un chal.
¿Y podría yo entonces atreverme?
¿Y cómo podría empezar?

¿Diré: fui, al crepúsculo, por calles estrechas
y contemplé el humo que sale de las pipas de hombres solitarios,
asomados a sus ventanas, en mangas de camisa?..

Yo debí ser un par de manos andrajosas
que rasaron los suelos de mares silenciosos.

¡Y la tarde, la noche, duerme tan apaciblemente!
Alisada por largos dedos,
dormida... fatigada... o bien se hace la enferma,
extendida en el suelo, aquí junto a ti y a mí.
¿Tendría yo, después del té y los pasteles y los helados,
la fuerza para forzar el momento a su crisis?
Pero aunque he llorado y ayunado, llorado y orado,
y aunque vi mi cabeza (ya un poco calva) traída en una bandeja,
no soy profeta (pero esto no importa mucho);
he visto flaquear el momento de mi grandeza
y he visto al eterno lacayo recibir mi abrigo y sonreír estúpida­mente,
y, en suma, tuve miedo.

¿Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre alguna conversación sobre ti y sobre mi,
hubiera valido la pena
haber hincado el diente en el asunto con una sonrisa,
haber comprimido el universo en una bola
para rodarlo hacia alguna pregunta abrumadora,
para decir: "Soy Lázaro, vuelto de entre los muertos,
vuelto para decírselo todo, se lo diré todo".
Si una, acomodando una almohada junto a su cabeza,
dijera: "No es eso lo que quise decir, no es eso.
No se trata, en absoluto, de eso".

Y hubiera valido la pena, después de todo,
hubiera valido la pena,
después de los ocasos y de los patios y de las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de café, después
de las faldas que arrastran por el piso
(y esto, y tanto más).
¡Es imposible decir exactamente lo que quiero decir!
Pero como si una linterna mágica proyectara los nervios en
modelos sobre una pantalla:
¿Habría valido la pena
si una, acomodando una almohada o quitándose un chal
y volviéndose hacia la ventana, hubiera dicho:
"No es eso, en absoluto,
no es eso lo que quise decir, en absoluto".

¡No! No soy el príncipe Hamlet ni es mi intención serlo,
soy un señor cortesano, uno que servirá
para llenar una pausa, iniciar una escena o dos,
aconsejar al príncipe; sin duda, un instrumento dócil,
obediente, contento de servir,
político, precavido, meticuloso,
lleno de altos conceptos, pero un poquito obtuso;
a veces, en verdad, casi ridículo:
casi, a veces, el Bufón.

Envejezco... Envejezco...
Usaré enrollados los extremos de mi pantalón.
¿Me peinaré el cabello hacia atrás?
¿Me atrevo a comer un melocotón?
Me pondré pantalones de franela blanca y caminaré por la playa.
Allí he oído a las sirenas cantándose una a otra.

No creo que canten para mí.

Las he visto cabalgar sobre las olas, mar adentro,
peinando los blancos cabellos de las olas revueltas
cuando el soplo del viento vuelve el agua blanca y negra.

Nos hemos quedado en los dormitorios del mar
al lado de muchachas marinas
coronadas de algas marinas rojas y pardas
hasta que voces humanas nos despiertan, y nos ahogamos.

The Love Song of J. Alfred Prufrock
T.S. Eliot

lunes, febrero 12, 2007

El Dr. Lecter responde o te come: Caso III Especial de San Valentín


Deseando a todos los comensales los mejores deseos en esta fiesta, se espera sus preguntas...
Recuerden siempre el, en esta fecha, maternal auspicio del Útero que no de los corazones...

martes, febrero 06, 2007

El momento de comprender...

Leyendo La Pulga de Lutero de Ernst W. Heine, puedo comprender, de una forma definitiva, el pensamiento de la jerarquía de la Iglesia:

Allá en la Edad Media, un monje dedicado al estudio de las ciencias naturales atrapó en cierta ocasión una pulga. Colocó aquel minísculo insecto sobre una mesa y le ordenó:
-¡Salta!
Y he aquí que la pulga huyó de allí dando saltos.
Así que el buen monje atrapó otra pulga, le arrancó las patas, la colocó en la mesa y le ordenó que saltara. Mas esta pulga permanecía inmóvil, y por mucho que el estudioso la instara a saltar, se negaba tozudamente a obedecer sus órdenes.
En Vista de todo ello, el monje sacó la siguiente conclusión:
"Cuando a una pulga se le arrancan las patas el Señor la castiga con la sordera."

lunes, febrero 05, 2007

El Dr. Lecter responde o te come: Caso II













Amable Auditorio, sea, nuevamente, el espacio para sus preguntas... las que hayan macerado y las que no...
El diván y la sartén flambean.
Y se haga su presencia.

(Bajo el auspicio paterno-materno de El Útero de Marita)